Maya Kapoor, editora asociada de High Country News, estaba un poco apurada cuando publicó en junio de 2020 un artículo sobre el aumento de californianos que recurrían a los servicios de los bancos de alimentos debido a la COVID-19. “El nivel de inseguridad alimentaria de California fue más del doble entre marzo y abril, pasando de aproximadamente el 11% de la población del estado, a aproximadamente una cuarta parte, es decir, unos 40 millones de personas”, escribió.
Pero poco después de publicar la historia, un colega le dijo a Kapoor que la cifra era errónea. La cifra correcta para abril era de 10 millones. (40 millones es aproximadamente el 100% de la población del estado.) Sus cálculos se habían enredado cuando hizo una estimación rápida de la población de California en relación con la de todo Estados Unidos.
High Country News corrigió inmediatamente el error y añadió una corrección al pie de la noticia. Aunque lamentó el error, Kapoor se sintió orgullosa de la forma en que ella y la publicación lo afrontaron. “No creo que el objetivo de ser periodista sea ser perfecta todo el tiempo”, dice. “Creo que es intentar ser lo más precisa y fiable posible, y ser consciente de tus propios errores y limitaciones y ser honesta al respecto”.
Gretchen King, jefa de redacción digital de High Country News y responsable de la corrección de errores de la publicación, afirma que es fundamental corregir los errores con rapidez (sin introducir más errores) y ser transparente con los lectores y las fuentes acerca de los cambios. Si bien las correcciones pueden dar escalofríos a los redactores, el propósito es servir a la audiencia, dice —no avergonzar a los periodistas por sus errores—.
“Se trata de la confianza del lector”, dice King. “Queremos ser precisos y justos con todas nuestras fuentes, y con nuestro lector, y con la historia”.
En algún momento de su carrera, la mayoría de los periodistas, incluso los más experimentados como Kapoor, cometen errores, desde los menores, como faltas de ortografía, hasta los más importantes, como malinterpretar las conclusiones de un estudio. Es crucial entender cómo se producen los errores para que los periodistas puedan evitarlos —y saber cómo manejarlos cuando se producen—.
Anatomía de un error
Trabajar demasiado rápido es una fuente habitual de errores, como le ocurrió a Kapoor. La presión de la hora de cierre es tan antigua como el periodismo, pero la necesidad imperiosa de publicar con rapidez puede ser aún peor en las redacciones digitales, donde a menudo se espera que los reporteros presenten varios artículos al día, dice Yasmin Tayag, redactora sénior de la publicación de tecnología y ciencia OneZero. Tayag ha escrito o editado para medios digitales durante una década, y en muchos de los lugares en los que ha trabajado, “parece un ritmo de trabajo poco razonable”, dice, añadiendo que los editores de algunas publicaciones están tan sobrecargados que no pueden prestar atención a cada detalle. “Esa es la naturaleza de la industria, que te hace sentir que tienes que hacer el contenido y publicarlo sin revisarlo todo dos, tres o cuatro veces”.
La velocidad no es el único factor que puede llevar a cometer errores. A veces, nuestra propia mente nos puede hacer tropezar, provocando errores no forzados.
Esa presión para moverse rápido también puede empujar a los reporteros a tomar decisiones apresuradas sobre qué cubrir en primer lugar. Este fue el caso de un artículo de 2019 que el periodista Matt Tinoco escribió para LAist, en el que escribió incorrectamente, basándose en un estudio defectuoso, que Los Ángeles tenía más casas vacías que personas sin hogar. El estudio, que se basó en cifras inexactas de vacantes de edificios nuevos, se retractó unos días después de que se hiciera la publicación de la historia de LAist, y LAist corrigió la historia y revisó el titular. “Debería haber investigado más a fondo el estudio”, dice Tinoco. De hecho, tenía dudas al respecto desde el principio. Pero “me sentía presionado por mi sala de redacción”, dice. “Ellos querían la noticia y yo no me sentía con fuerzas para decir: ‘En realidad, no, no deberíamos publicarla’”.
La velocidad no es el único factor que puede llevar a cometer errores. A veces, nuestra propia mente puede hacernos tropezar, provocando errores no forzados. Renita Coleman, profesora de periodismo de la Universidad de Texas en Austin, recuerda que al principio de su carrera entrevistó para un reportaje a un hombre llamado Hollis Holbrook, pero se refirió a él como “Hal Holbrook”, el famoso actor. Atribuyó el desliz a “cosas raras que pasan en tu cerebro”. El nombre “Hal Holbrook” le pareció correcto y nadie lo verificó. Décadas después, Coleman dice que el incidente le recordó lo importante que es no fiarse solo de las corazonadas —lo que parece obviamente correcto puede ser el lugar donde cometas un error sin pensarlo—.
Algunos errores pueden originarse en las propias fuentes. En una entrevista publicada en mayo de 2020 en Undark, Michael Schulson citó al científico de la Universidad de Stanford John Ioannidis diciendo que la tasa de letalidad de una enfermedad infecciosa “se ve afectada tanto por cómo se cuenta el nominador como por cómo se cuenta el denominador”. Tom Zeller, editor jefe de Undark, dice que recibió un mensaje de un lector señalando que no existe tal cosa como un “nominador”; el término correcto es “numerador”. “Esto nos pareció obvio en retrospectiva, pero también era una cita textual de un científico de gran prestigio”, dice Zeller, que corrigió el lapsus linguae de Ioannidis sustituyendo “nominador” por “numerador” entre paréntesis en el texto y añadiendo una actualización al final de la historia señalando que Ioannidis se había expresado mal.
La mecánica de hacer una corrección
Históricamente, la publicación de una corrección impresa era un proceso sencillo, aunque lento. Aparecía en un número posterior de la publicación, en el espacio reservado a las correcciones. Hoy en día, la mayoría de las publicaciones con un componente impreso publican las correcciones en línea antes de hacerlo en su siguiente número físico. Pero como dice King, de High Country News, es un sistema imperfecto, ya que algunos lectores pueden no ver una corrección hasta que reciben el siguiente número impreso —si es que se molestan en leer la página de correcciones—. Y si una edición impresa con un error queda “flotando por ahí”, dice, “el error sigue vivo, lo cual es lamentable”. Pero al menos puede corregirse en línea. En los tiempos de la prensa impresa, los artículos de prensa se colocaban a menudo en bases de datos de investigación como Lexis Nexis sin las correcciones que se les añadían más tarde, dice Dan Gillmor, quien es investigador del periodismo en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Pero con los medios digitales, las correcciones pueden hacerse rápidamente, y muchos medios parecen haberse vuelto más transparentes. “Creo que las correcciones son un poco menos rencorosas de lo que solían ser”, dice Gillmor. “Las medios noticiosos parecen un poco más dispuestas a hablar de cómo hacen las cosas [y] por qué las hacen”.
Las publicaciones difieren en cuanto al formato, la ubicación y el lenguaje que utilizan para publicar las correcciones. A menudo, el proceso comienza con la decisión de si un cambio es una corrección —y esa determinación puede variar según el medio—. En Science News, los editores introducen una nota en el sistema de gestión de contenidos al mismo tiempo que corrigen el artículo, explica Macon Morehouse, directora de noticias de la revista. Las notas del editor aparecen al final del artículo y especifican exactamente qué se ha corregido y cuándo.
Algunos medios utilizan los términos corrección y actualización indistintamente, mientras que otros, como Slate, utilizan corrección para referirse a los errores y actualización para referirse a las historias que incluyen nueva información. “Yo no diría que existe una norma universal, aunque creo que la idea de que si algo es incorrecto en cuanto a los hechos, hay que llamarlo corrección está bastante aceptada”, afirma Abby McIntyre, subjefa de redacción de Slate y monitora residente de correcciones.
Emitir correcciones también implica tomar decisiones sobre el lenguaje, como si se debe incluir una disculpa (como la clásica frase “lamentamos el error”) en una corrección. Algunos medios, como The Verge, lo hacen si el error es culpa de alguien de la publicación. Otros, como Science News y Slate, dan por supuesto que la publicación lamenta el error y que no es necesario disculparse explícitamente.
En BuzzFeed News, Slate y The New York Times, el error original se repite en la corrección, mientras que en otros medios las correcciones son más vagas, señalando la naturaleza general de la corrección pero sin repetir el error original. Muchas publicaciones y organizaciones periodísticas, como la Columbia Journalism Review y la Online News Association, han debatido si las correcciones deben repetir el error original. Algunos estudios han explorado el efecto contraproducente, que puede producirse cuando la gente que lee una corrección acaba creyendo la idea errónea que se corrige. Aun así, según Gillmor, “parece razonable describir el error original de alguna manera”. Cree que la mejor forma de corregir un error consiste en un “sándwich de la verdad”, en el que la publicación expone la información correcta, luego indica lo que era incorrecto y termina con una referencia a la información correcta.
Otro debate en el mundo de las correcciones periodísticas gira en torno a qué otra información debe contener una corrección. Algunas publicaciones aclaran que el error ha sido cometido por un editor o por la mesa de corrección de estilo, para que los lectores sepan que no ha sido culpa del periodista. Slate opta por publicar un resumen semanal de sus errores con los nombres de los redactores que los cometieron. McIntyre dice que esta práctica ha sido “algo controvertida” entre los redactores de Slate, pero que contribuye a la transparencia.
Las publicaciones también tienen que considerar cómo la colocación de una corrección —al principio o al final de la noticia— puede afectar a la percepción del público. Hay quienes dicen que colocar una corrección al final equivale a ocultarla o a asegurarse de que los lectores la pasen por alto. Otros no están de acuerdo. “Mi preferencia personal es que, a menos que sea tan grave que realmente sintamos la necesidad de hacer un preámbulo, preferiría no interrumpir la historia con una corrección al principio del artículo”, dice Zeller. “Eso casi parece un castigo, decir justo debajo de la firma de esta persona que se ha equivocado”.
En cambio, Undark suele colocar las correcciones al final de los artículos; en esos casos, no se avisa a los lectores de que un artículo contiene una corrección hasta que llegan al final. Slate también coloca las correcciones al final de los artículos, pero inserta un asterisco junto a la frase en la que se encuentra el error, lo que indica al lector que se ha cambiado algo en ese lugar. Gillmor, por su parte, opina que los errores deberían corregirse de forma destacada y en la línea, o al menos deberían tener una línea que dijera “esto ha sido corregido” en la parte superior del artículo con los detalles de la corrección en la parte inferior.
Cuando uno o más errores socavan por completo un artículo, lo mejor es hacer que la corrección o actualización sea más prominente, lo que puede incluir colocarla en la parte superior del artículo. Este fue el caso, por ejemplo, de una noticia que BuzzFeed News (como muchos otros medios) publicó en mayo de 2020 sobre un estudio de The Lancet sobre la eficacia de la hidroxicloroquina para tratar la COVID-19. El estudio fue posteriormente retractado, por lo que Azeen Ghorayshi, el editor de ciencia de BuzzFeed News, decidió publicar un artículo de seguimiento, así como actualizar el titular y cambiar partes significativas del cuerpo de la historia original. La historia corregida también incluía una nota de actualización en la parte superior con un enlace que llevaba a los lectores a la nueva historia.
El papel del escritor en las correcciones
Ya sea que se trate de un error grande o pequeño, lo primero que debe hacer un periodista que ha cometido un error es ponerse en contacto con su editor. “Es muy importante alertar a tu editor lo antes posible para que pueda alertar también al equipo de redes sociales”, afirma Mary Beth Griggs, editora de ciencia de The Verge. “No quieren promover información falsa después de que algo se haya corregido, así que es muy importante que se lo digas al equipo de redes sociales para que puedan asegurarse de retirar cualquier tuit o actualización de Facebook programados que puedan contener esa información”.
También es una buena idea ofrecer una propuesta de redacción para la corrección, ya que como redactor de la nota tienes la mejor idea de cómo debe ser la corrección. “A menudo pedimos al redactor que nos diga cómo debe ser la corrección, para que no nos limitemos a entrar en un artículo y arreglar algo”, dice Morehouse, de Science News. “No quieres corregir un error cometiendo otro error”.
Otro aspecto fundamental de la corrección de errores es la comunicación entre el periodista y la persona afectada. Por ejemplo, si en un artículo se ha escrito mal el nombre de alguien o se ha indicado mal su género, Tayag, de OneZero, dice que es importante disculparse lo antes posible. “Siempre es muy penoso, sobre todo si has establecido una relación con esa persona”, dice. “Solo tienes que ser una persona humana y decir: ‘Lo siento mucho, metí la pata y lo arreglé enseguida’”. Science News también tiene la política explícita de enviar un agradecimiento a los lectores que señalan errores.
Correcciones en las redes sociales
La necesidad de transparencia en la corrección de errores también se extiende a la gestión de errores en las redes sociales, afirma Heather Mongilio, reportera de Annapolis para Capital Gazette de Maryland. Desde marzo de 2020, publica un hilo diario en Twitter sobre las cifras de COVID-19 del estado. A veces, en su prisa por difundir la información, ha tecleado la fecha equivocada o se ha olvidado de incluir un detalle clave. Pero en lugar de borrar esos tuits, Mongilio retuitea el original con una corrección. De ese modo, los lectores ven que ha cometido un error, cuál es —y que está dispuesta a reconocerlo, igual que los medios que repiten el error en sus correcciones en aras de la transparencia—.
A veces, los lectores o las fuentes insisten en que la noticia contiene un error con el que el periodista y el equipo editorial no están de acuerdo. Pero que alguien, ya sea un científico, un portavoz de relaciones públicas o una fuente, exija una corrección no significa que se haya cometido un error.
En el caso de Matt Tinoco, el periodista que escribió para LAist sobre el estudio posteriormente retractado, el artículo se actualizó y Tinoco escribió un artículo de seguimiento disculpándose por el error. Pero el artículo original, inexacto, ya había atraído a un público nacional, incluso en las redes sociales. Algunos tuits sobre el artículo siguen en línea, aunque el titular del artículo original se ha actualizado para reflejar el cambio.
Algunos medios, como The Associated Press, borran el tuit original con el error y escriben otro tuitrespondiendo al primero y explicando por qué se ha borrado el anterior. Otros, como Slate, hacen una captura de pantalla del tuit con el error y lo publican como imagen, junto con el nuevo tuit corregido. En Reuters, los editores responden al tuit con el error con una corrección y luego borran el tuit original. “Creo que borrarlo tiene cierto valor para evitar que la gente lo retuitee” dice McIntyre, de Slate. “Pero tampoco me gustaría borrarlo totalmente, como si nunca hubiera ocurrido”.
Cuando un error no es un error
A veces, los lectores o las fuentes insisten en que la noticia contiene un error con el que el periodista y el equipo editorial no están de acuerdo. Pero solo porque alguien, ya sea un científico, un portavoz de relaciones públicas o una fuente, exija una corrección no significa que se haya cometido un error. “Yo aconsejaría a un redactor que no entre en un debate con la fuente”, dice Zeller. “A veces las fuentes se equivocan o quieren que se cambien las cosas solo porque no les gusta cómo quedan, pero en realidad no se trata de hechos incorrectos”. En su lugar, trabaja con tu editor para decidir qué es lo que mejor sirve a los intereses del lector —no a los intereses de la persona que está señalando la posible corrección—.
A menudo, los editores y escritores tienen que decidir si algo es un error o una diferencia de opinión o interpretación. En un artículo de Slate de 2018, la periodista Rebecca Onion escribió que la tasa nacional de cesáreas se mantuvo baja “incluso después de la llegada de los antibióticos y las transfusiones de sangre a mediados del siglo XX”. Un lector escribió para señalar que había habido transfusiones de sangre desde el siglo XIX, y que Slate debería corregir el error. McIntyre lo discutió con el editor del artículo y decidieron que, aunque las transfusiones de sangre se producían antes de mediados del siglo XX, no eran frecuentes, por lo que no era necesaria ninguna corrección.
Incluso los grandes periodistas cometen errores
Cuando a Kapoor le dijeron que una cifra de su artículo sobre los bancos de alimentos era incorrecta, dice que sintió un vacío en su estómago. Pero casi todos los editores que entrevisté para este reportaje dijeron que, cuando se trataba de errores, lo que se les quedaba grabado en la memoria no era qué errores se habían cometido, sino más bien cómo reaccionaban los reporteros al descubrir que habían cometido un error. Zeller, que ha sido jurado en algunos de los principales premios de periodismo, dice que puede dar fe de que el hecho de que haya una corrección no descalifica a un artículo para ganar premios. “Nadie quiere que haya un error”, dice Griggs, de The Verge*. “Pero la gente es humana y comete errores, y creo que la parte más importante para mí es cómo manejan el descubrimiento del error”.
Y recuerda, dice Kapoor: “Creo que siempre que puedas indicar a los lectores que no intentas ocultar tu propia falibilidad, eso solo puede ayudar al campo en su conjunto”.

Shira Feder es periodista y ha escrito artículos sobre cultura y ciencia para Vox, The Daily Beast, Business Insider, The Forward y HuffPo, entre otros. Actualmente es becaria TON patrocinada por la Burroughs Wellcome Fund y tiene un máster en periodismo por la Craig Newmark Graduate School of Journalism. Síguela en Twitter como @shirafeder.
