¿Podrías repetir eso? Cómo alejar a las fuentes científicas de la jerga

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Two speech bubbles, one full of a tangle of string and the other with three simple dots.
Tomozina/iStock

 

Regina G. Barber es, según todos los datos oficiales, una persona muy inteligente. Barber es una de las copresentadoras del podcast científico de NPR Short Wave, además de tener un doctorado en física —y, en una vida pasada, fue profesora de física y astronomía en la Universidad de Western Washington—. Ella ha reporteado sobre la materia oscura, la cotorra serrana occidental y nuevas especies halladas en Perú; ha cubierto los chorros de los agujeros negros y misiones espaciales de la NASA. Pero una de las tácticas periodísticas a las que recurre Barber va en contra de todo ese caché académico. Cuando hace entrevistas, a veces interrumpe a sus entrevistados para decirles: “Esa palabra que acabas de utilizar, no sé lo que significa”.

A Barber le gusta revelar sus lagunas de conocimiento porque es una forma segura de convencer a los científicos con los que habla de que hablen más claro. Eliminar la jerga compleja de las conversaciones es una parte crucial de la cobertura científica: es esencial para garantizar que el escritor —y, por extensión, el lector— comprenda el tema en cuestión. Si dejas filtrar demasiada jerga, como periodista corres el riesgo de no entender “de qué estas escribiendo realmente”, dice Emily Anthes, periodista científica de The New York Times.

Aunque la teoría de evitar la jerga es sencilla, la ejecución puede resultar complicada en el mejor de los casos. Toda la preparación del mundo —leer la literatura científica, elaborar una lista perfecta de preguntas, encontrar una selección diversa de expertos— no puede garantizar una conversación libre de términos y conceptos confusos. Los retos también pueden ser emocionales y psicológicos: salir de una vorágine de jerga puede exigir que el escritor salga de su zona de confort e interrumpa a su entrevistado, lo que requiere cierto temple y agallas.

Y tanto para los escritores novatos como para los reporteros veteranos, el deseo de impresionar a un experto prominente puede hacer que una discusión se convierta en una espiral hacia lo incomprensible. “A veces dejamos que la entrevista se complique porque nos resistimos a admitir que no estamos entendiendo”, dice Anil Ananthaswamy, periodista científico freelance radicado en California, que cubre temas de física y aprendizaje automático. Pero, dice, “admitir que no estás entendiendo algo está completamente bien” y a menudo es necesario para hacer bien el trabajo periodístico.

El subsiguiente vaivén de aclaraciones puede requerir un poco de tiempo y esfuerzo, pero ayuda tener en cuenta que los periodistas y los científicos a los que entrevistan suelen tener un objetivo común: “servir al público”, dice Mekonnen Teshome, periodista científico freelance radicado en Etiopía. Por eso, reconocer y superar las partes más complicadas de las entrevistas no es una debilidad, sino un punto fuerte.

 

Prepárate para una tormenta

Todo periodista, sea cual sea su especialidad, tendrá que mantener en algún momento una conversación difícil con una fuente que habla en términos difíciles de entender. Pero ese reto puede ser especialmente común cuando se entrevista a científicos, que a menudo no están formados para hablar de manera simple sobre su trabajo —y, a veces, se les anima a hacer justo lo contrario, a comunicarse de forma precisa y eficiente con otros en su propio campo—. Para muchos investigadores, hablar en jerga es “automático”, dice Anthes. Como periodista, “parte de tu trabajo consiste en sacarlos de ese hábito”.

Pero esa tarea a menudo puede ser desalentadora, sobre todo para los periodistas que están empezando a escribir sobre ciencia. Marina Koren, periodista freelance radicada en Washington D.C. que cubre temas espaciales, recuerda que sintió “mucha presión por parecer inteligente” mientras escribía uno de sus primeros artículos científicos para The Atlantic en 2016. (Aclaración: soy redactora de planta de The Atlantic, pero no participé en este artículo). Koren, que se inició como reportera de política y noticias de última hora, estaba cubriendo la investigación sobre el planeta enano Ceres. Pero Koren tenía miedo de revelar su falta de experiencia escribiendo sobre el espacio a su fuente experta en astronomía al interrumpir con preguntas adicionales. Solo cuando ya había terminado la entrevista, e intentaba de armar su borrador, fue que Koren se dio cuenta de lo perdida que estaba. “Me dije como: ‘Realmente no entiendo lo que me han dicho, ¿cómo se supone que voy a escribir esta historia?’”, dice. Koren revisó detenidamente sus notas, hizo algunas lecturas adicionales y pudo completar la nota. Pero “siento que escribí una historia incompleta”, dice.

Si tuviera la oportunidad de volver a hacer ese reportaje, Koren dice que habría leído más sobre Ceres para entender mejor lo que estaba en juego en la investigación que había estado cubriendo. Ese tipo de preparación previa —buscar en la literatura científica, hojear la cobertura anterior, buscar en Google términos desconocidos— también puede hacer que las entrevistas resulten menos abrumadoras cuando inevitablemente surge la terminología técnica. Por ejemplo, cuando Meghie Rodrigues, periodista científica y climática freelance radicada en Brasil, aborda temas complicados recurre a veces a herramientas de inteligencia artificial para aclarar o explicar conceptos oscuros mientras lee un artículo. (La clave, añade, es ser consciente de los límites de la IA y asegurarse de volver a comprobar lo que ha entendido con un experto más adelante).

Koren supo recurrir a muchas de esas estrategias cuando empezó a cubrir el cambio climático unos años más tarde. Pero una buena entrevista también requiere coraje: superar el nerviosismo y no tener miedo de interrumpir a una fuente cada vez que dejas de comprender su respuesta.

Los científicos valoran enormemente los conocimientos técnicos. Por eso es fácil “cohibirse y pensar: ‘No quiero parecer estúpida’”, dice Barber. Pero los periodistas no deben dar por sentado que los científicos con los que hablan van a pensar así —del mismo modo que ellos, idealmente, no adoptan esa mentalidad respecto a los estudiantes de sus aulas o laboratorios—. Además, señala Barber, el objetivo no es realmente conseguir que una fuente experta hable con uno como si fuera un colega. Barber recuerda casos en los que decía a fuentes físicas que ella también era científica —y eso “les daba permiso para quedarse en el mundo de la jerga”, dice—.

 

Evita la inundación

Sea cual sea la historia, si hay ciencia de por medio, es inevitable que aparezca al menos un poco de jerga. Sin embargo, la forma en que los periodistas abordan sus entrevistas puede determinar la cantidad de terminología técnica que tienen que utilizar a medida que avanza la conversación.

El comienzo de una entrevista es un momento clave para preparar el terreno. Es útil, por ejemplo, dar pistas a tus fuentes sobre el tipo de público al que te diriges —que no suele ser exclusivamente académico—. También puede ser útil decir algo como “voy a hacerte algunas preguntas básicas”, dice Anthes.

Koren también recomienda revelar desde el principio si eres nuevo en un tema o te sientes especialmente indeciso sobre algunos conceptos básicos. Del mismo modo que los periodistas esperan que sus fuentes sean abiertas con ellos, es importante ser transparente con ellos sobre tu punto de vista como reportero. Intenta enmarcar esa revelación como una invitación a hablar informalmente —ofreciendo ese permiso de forma amistosa, en lugar de algo que pueda parecer una reprimenda o una petición al investigador para que se esfuerce más—.

Los periodistas también pueden aprovechar para su beneficio el calentamiento informal que precede a una entrevista: la temida charla trivial. Barber recomienda empezar simplemente charlando con las fuentes. Estas conversaciones iniciales pueden versar sobre su ciencia: por qué les apasiona el tema en cuestión; una historia divertida sobre cómo empezó su investigación. Una vez que las personas se relajan, la jerga tiende a disminuir. Pero ese intercambio inicial puede versar sobre cualquier tema, siempre que sea algo con lo que la persona se pueda identificar. Conseguir que una fuente, sobre todo si está nerviosa, hable cómodamente de un tema que le apasiona —un programa de televisión, un pasatiempo— puede recordarle que está hablando con otra persona a la que le interesa lo que tiene que decir, dice Barber.

También hay que prestar atención a lo que ocurre en el fondo de una videollamada, dice Anthes. El movimiento de la cola de un gato en la pantalla puede suscitar una pregunta sobre una mascota querida; un grito de un niño pequeño puede dar pie a un comentario sobre los retos de compaginar la carrera profesional con la crianza de los hijos. En caso necesario, estos enfoques pueden ser incluso compatibles con los ajustados plazos de las noticias de última hora: sea cual sea el plazo, siempre empiezo mis conversaciones con las fuentes preguntándoles cómo se sienten acerca de los acontecimientos de los que estamos hablando. Anthes también suele preguntar al entrevistado: “¿Tiene alguna pregunta que hacerme antes de empezar?”. Esa simple y considerada pregunta puede tranquilizar a las fuentes y eliminar cualquier posible sensación de que están entrando en un interrogatorio unilateral.

Los calentamientos también pueden ser un buen lugar para que un periodista calibre cómo será el resto de la entrevista. Los primeros minutos de cualquier conversación ofrecen la oportunidad de evaluar desde el principio si una fuente, por ejemplo, tiende a hablar formalmente, no tiene mucha experiencia con medios de comunicación o no está dispuesta a que la interrumpan, dice Ananthaswamy. Todas esas pautas pueden ser un anticipo de la jerga con la que tendrás que lidiar —y, para los periodistas que se sienten cómodos interrumpiendo, pueden presagiar la frecuencia con la que podrán interrumpir con preguntas a lo largo de la conversación—.

Las personas que recurren en gran medida a la jerga suelen estar “en ese modo desde el principio”, afirma Anthes. No hay una forma perfecta de saber cuáles científicos son más propensos a la jerga, pero una buena prueba de fuego puede consistir simplemente en pedir a la fuente que nos hable de su trabajo y de lo que le motiva; básicamente, una forma sutil de ver si se le puede engatusar para que cuente una buena historia. “¿Asumen de inmediato conocimiento experto?”, dice Anthes.

 

Navega en aguas turbulentas

A veces, sin embargo, una vez que un investigador empieza a hablar de su propio trabajo, la jerga puede empezar a gotear. Aunque puede resultar tentador dejar que la fuente hable durante un rato, lo mejor es que todos los participantes en la conversación se mantengan en sintonía en tiempo real para evitar que se amontonen las preguntas o, peor aún, que se pierda el hilo de la conversación. Una regla general que he seguido vagamente en el pasado es no dejar que una fuente hable más de tres o cuatro minutos sin interrupción, a menos que esté contando una historia personal o delicada —e incluso menos tiempo si está explicando un concepto desconocido—. Incluso los reporteros que están bastante seguros de haber entendido bien a su fuente pueden beneficiarse de una breve interrupción para comprobar su propia comprensión.

Estas comprobaciones pueden exigir que el reportero encuentre agallas e interrumpa a su fuente. No siempre es fácil —pero Rodrigues insiste en que la claridad, en este caso, prevalece sobre la etiqueta—.

Y todavía hay muchas maneras de ser amable: Disculpe. Un segundo. Perdón por interrumpir. En las entrevistas de vídeo, Rodrigues también espera a que la fuente se tome un respiro y luego interviene, o a veces intenta agitar la mano. Entonces, le dice a la fuente lo que busca: “Vamos a ver si estamos en el mismo canal”, dice, antes de comprobar si ha entendido. También suele intentar parafrasear las palabras de su fuente en términos más sencillos. Si es correcto, estupendo —y si no, el investigador lo tomará como una clara señal para volver a intentarlo—.

Si una fuente tiene dificultades para responder a una pregunta de forma accesible, intenta hacer la misma pregunta de una forma ligeramente diferente —quizá incluyendo más especificidad o algunos términos concretos—. En mi propio reporteo, por ejemplo, he probado algo como esto: en lugar de preguntar “¿puede explicar el concepto X?”, pregunto “¿fue a través del experimento Y la forma en que descubrió el concepto X?”. Puede que haya que reformular varias veces la pregunta antes de llegar a una versión que guíe a la fuente a responder en el nivel adecuado, pero la persistencia suele dar sus frutos: por lo general, bastan unos cuantos empujoncitos o preguntas de seguimiento para encauzar la conversación por el buen camino.

Cuando un tema es especialmente delicado y Anthes quiere hacer una comprobación adicional, a veces también confirma con un investigador por correo electrónico que su parafraseo de la conversación es correcta. (Siempre que la situación no desemboque en mostrar a una fuente el texto completo del artículo –– según las directrices editoriales de muchos medios—, este tipo de intercambios está bien). Si hay tiempo para una llamada de seguimiento, también puede ayudar a disminuir la densidad del texto. Cuando se soliciten esas llamadas de seguimiento, conviene dejar claro el motivo: quiero hacer unas preguntas de seguimiento para entender mejor A, B y C.

Es raro, pero puede llegar un momento en que todas estas estrategias fallen, y puede ser útil tener un umbral para saber cuándo darte por vencido. Si Koren ha hecho esencialmente la misma pregunta dos o tres veces, o han pasado 40 minutos, y los conceptos siguen tan poco claros como desde el principio, probablemente sea el momento de seguir adelante y dar por terminada la entrevista.

A veces, eso puede significar que una fuente no aparezca en un artículo. Pero no tiene sentido intentar forzar una cita densa u opaca en un texto donde lo demás claro. Además, casi siempre hay una fuente alternativa (ya sea un estudiante de posgrado del mismo grupo de investigación u otro experto en la materia) que puede ayudar a cristalizar un concepto —para ti y tus lectores—.

Algunos periodistas temen encontrar resistencia cuando piden a una fuente que elimine la jerga de sus respuestas. Pero en la mayoría de los casos, dice Teshome, los científicos están dispuestos a hablar más claro. Algunos incluso agradecen que se les diga que no están siendo suficientemente claros. Hacer preguntas de seguimiento también crea un terreno común: ningún periodista pediría aclaraciones sobre un tema que no le interesara. Y no te dejes llevar por la timidez. Por supuesto, los académicos valoran el conocimiento —pero también suelen apreciar la oportunidad de enseñar—.

El proceso puede parecer laborioso a veces, pero “nunca siento que no merezca la pena”, dice Ananthaswamy. Hace unos años, escribió un artículo para Quanta en el que describía una nueva forma en que la inteligencia artificial podía generar imágenes. El artículo exigía que entendiera la termodinámica del no equilibrio y, “sinceramente, en la primera pasada de esas entrevistas, me costó mucho entender lo que estaba pasando”, dice, y tuvo que leer más por su cuenta antes incluso de hacer el seguimiento con las fuentes. Al final, sin embargo, los conceptos encajaron —y el esfuerzo mereció la pena—. Eso es parte de lo que lo atrajo al periodismo científico, dice: la alegría de no comprender al principio y sentir finalmente que todas las piezas encajan.

 

Katherine J. Wu Cortesía de Katherine J. Wu

Katherine J. Wu es redactora en The Atlantic. Antes de eso, fue reportera científica para The New York Times, becaria The Open Notebook y AAAS Mass Media Fellow en Smithsonian en el 2018. Es doctora en microbiología e inmunobiología por la Universidad de Harvard. Ganó el Premio Schmidt 2022 a la Excelencia en la Comunicación Científica, el Premio Ciencia en Sociedad 2021 y el Premio Evert Clark/Seth Payne 2020 para Jóvenes Periodistas Científicos. Síguela en Bluesky como @Katherine J. Wu.

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